El mundo de la literatura es inmenso, tan vasto como la historia de la humanidad ya que la escritura le dio comienzo... Hoy despedimos a un hombre que ha sumado su grano de arena a la historia contando muchas historias porque no hay una historia. Sólo leí un libro de Don Eduardo que para mí fue todo un hallazgo. Si bien ya había sido su lectura recomendada infinitas veces por amistades nadie me había puesto en mis manos uno de sus libros y tampoco la curiosidad me llevó a tomar alguno de la biblioteca pública. En casa se leían sus artículos que publicaba en los diarios pero nada más. A mi hermano intenté robarle el "Libro de los abrazos" pero no tuve paciencia para leerlo. Hasta que un día ordené la biblioteca familiar, tarea dificultosa pero gratificante si las hay, y encontré "La canción de nosotros" publicado por sudamericana en 1975 que tenía la imprenta en humberto 1° 575 Constitución (mi barrio), Buenos Aires, Argentina. Inmediatamente pensé en alguno de mis padres comprándolo en pleno 1975, ya sin Perón, antes del terrible zarpazo del 76. ¿Cómo no leerlo? Para mayor sorpresa hasta uno de los protagonistas llevaba mi nombre... Pero lo que me golpeó del libro fue la absoluta brillantez y sencillez con la que se evoca una época haciéndola vivir como un presente. Porque siento que Galeano es un escritor que ejercita con su pluma la justicia. En cada uno de sus escritos reivindica las historias (recordemos que no existe La Historia) de los marginados, de los que viven en la periferia, de los exiliados, de los condenados, de los excluidos de La Historia. En "La Canción de Nosotros" se narra un episodio de tortura y secuestro de un militante durante la dictadura uruguaya y, años más tarde, cómo elude su enjaulamiento y se reencuentra con su pasado, su presente, y su futuro si es que es posible reconstruirse después del Terror. Fue penosamente marivolloso para mí leer cómo era posible desde la literatura no sólo recordar la lucha de aquellos que fueron desaparecidos por querer un cambio social, sino cómo esa lucha está presente porque es imposible borrarla de la faz de la tierra con un golpe, dos golpes, veinte golpes. Sí, fueron exitosos. Sí, ganó el Capitalismo. Sí, ganaron los mercados, el individualismo, el Imperio. Pero ¿qué se reencuentra Mariano cuando regresa a la vida? Los invito a la lectura del libro con esa pregunta. A mí me ayudó a entender por qué no sólo voy al barrio todos los sábados, sino que siempre fui parte de él por ser parte de las historias de los latinoamericanos.
Iniciada en el año 2008, a partir de la comisión de acción social del Colegio Nacional de Buenos Aires, la actividad se desarrolla en un barrio ubicado en las periferias de Glew. Los vecinos levantaron un espacio dedicado a las actividades comunitarias, hoy específicamente funcionando como merendero, donde sábado a sábado organizamos juegos con los chicos.
lunes, 13 de abril de 2015
lunes, 9 de marzo de 2015
Poéticas Políticas
Norbert Lechner dijo que la definición de lo que es la política es la lucha política misma. Un conductor radial argentino distingue la política en minúscula (sin menospreciarla) y la Política, con "p" grande. No es lo mismo hacer política desde un partido que desde un movimiento social. Y así podemos seguir, comprendiendo que existen formas de manifestación política diversas, respondiendo a distintas intenciones que animan esas "poéticas" y a distintos actores que las llevan a cabo y las actualizan. Una de nuestras luchas, aunque parezca mentira después de tantos años, es tratar de hacer entender (y quizá de convencernos, al menos de vez en cuando) de que "lo que realizamos" en el Merendero es efectivamente una manifestación política, es una forma que tiene la política territorial de manifestarse, es una poética de la política. No sólo porque nos comprometemos ideológica y corporalmente a hacer un cambio en las relaciones de poder, en nuestro caso desde un trabajo que apunta a los más chicos como disparador para abrirnos a una realidad barrial mucho más amplia; sino porque podemos encontrar que las prácticas que llevamos a cabo también se corporeizan en otros colectivos, en otros distritos, en otros tiempos y con otros actores. Militantes y agrupaciones con las que no compartimos una experiencia directa pero que al descubrirlos, encontramos recorridos similares, planes similares, problemáticas similares. Al principio uno se sorprende. ¿Cómo puede ser que en distintos planos, en distintos territorios pase lo mismo? ¿Que un Merendero en Zona Sur tenga problemas como los de una organización mucho más grande en Zona Oeste? ¿Cómo explicar esos impulsos afines que movilizan a militantes que viven en Tigre o San Fernando y a otros que trabajan en Almirante Brown, como nosotros? El conurbano bonaerense es muy amplio y variado, pero hay tejidos de relaciones de poder que se pueden equiparar. Por supuesto que Haedo no es lo mismo que Glew, para hablar de dos localidades que conocemos cómo funcionan. Y sin embargo, cuando uno tiene una charla, aunque sea informal, con un militante territorial (y si además trabaja en el mismo campo, como ser Niñez y Territorio, más aún), inmediatamente se encuentran las conexiones, las luchas compartidas, las formas. Estos lazos y reconocimientos en y con otros colectivos también nos ayudan a pensar nuestra identidad como agrupación militante. A entender que así como nosotros hay otras organizaciones más o menos cristalizadas que trabajan con chicos que a veces no tienen el derecho de ser niños, como muchos de nosotros sí pudimos tenerlo. Nuestra praxis es política porque además se inscribe en una cultura política, si se quiere de la que va con "p" chica. Tenemos un repertorio que se reconoce en otras organizaciones; tenemos objetivos que nos preceden y nos sucederán también; tenemos problemas que son una combinación de la coyuntura actual -porque es aquí y ahora nuestro lugar/tiempo de acción- y de asignaturas pendientes estructurales -porque todos nosotros somos parte de la Historia-. No existe sólo un merendero. Ni los chicos de Villa París son los únicos que sufren el embarazo adolescente o la deserción escolar o el trabajo infantil. Cada uno de esos focos de conflictos, gravísimos y de larga data, parecen un slogan que es ajeno a un taller de teatro que dura un mes o un taller de alfabetización de verano o un taller de voley que busca formar equipos. ¿Cómo se pueden aunar estos talleres que son recreativos con la vasta tarea de lograr que una chica de 15 no deje el colegio secundario y no se convierta en mamá a los 16? ¿Cómo lograr conjurar un partido de fútbol organizado con el trabajo y el abordaje que necesita el hecho de encontrarse con una familia de 15 hermanos y lograr que la subjetividad de cada pibe tenga su relevancia, su lugar y sea reconocida? Primero habrá que entender nuevamente la idea de "recreación". Luego habrá que entender que los métodos no se agotan en sí mismos ni son tampoco el "todo" de una organización social. Los talleres son un encuadre, donde se participa de acuerdo a quién es cada uno (y allí la unicidad de cada niño y su conocimiento), donde se establecen normas y reglas que intentan ser menos arbitrarias o al menos consensuadas. Encuadres en los que hay responsabilidades pero también hay disfrute: la base nunca partirá de otro punto que no sea que un niño es siempre un niño, que tiene derecho a jugar y educarse y no a tener a los 10 años que hacerse cargo de un hermanito de 3.
Nuestro trabajo militante repiensa a los actores fundamentales que hacen al Merendero: los chicos. Construyó su identidad con ellos y descubrió un universo invisibilizado e inexplorado y por sobre todo, subestimado. Nosotros como militantes y adultos tenemos una responsabilidad social y política que en cada taller se disfraza de juego, de colores, de dibujos y cuentos. No elegimos cualquier actividad ni cualquier palabra. En esa elección o elecciones marcamos un rumbo ideológico y pedagógico, repensamos las relaciones adulto-niño y le damos forma a una identidad política, que tiene su especificidad (Villa París, desde 2008, en el merendero de la calle San Martín) y su pertenencia general a los movimientos sociales (merenderos que suelen nacer en 2001, que dan copa de leche y luego se ramifican hacia actividades culturales, que buscan una estabilidad legal y forman redes políticas locales, hacen una murga, una bandera y recortan su campo de acción hasta llegar a algo conciso y concreto, organizado).
Este escrito nace hoy por una de tantas charlas entre compañeros, compartidas virtualmente o en un tren de vuelta después de un arduo día de trabajo. Y nace hoy porque nos han ofrecido escribir un breve artículo para una revista de circulación universitaria. Como siempre que eso ocurre, urge la necesidad de pensar quiénes somos y qué hacemos, por qué y con qué metodología. Ese eterno debate nos invita a re-pensarnos ya no sólo a los niños y sus derechos sino a nosotros mismos como militantes jóvenes comprometidos. Un ejercicio absolutamente bienvenido y que siempre apunta a algo que cada vez es más evidente: somos un colectivo político. Trabajamos con actividades culturales y recreativas porque entendemos que desde los juegos y las prácticas lúdicas podemos llegar a un horizonte de acción tanto más amplio y significativo, más aún en el marco de un trabajo con chicos y adolescentes. Esta poética política nuestra se disfraza de murga, de disfraza de cuento. Pero es el disfraz el que dice muchas cosas, porque elegimos una música popular de larga tradición de lucha y las palabras como "compañero", "equipo", "política", "militancia", "palabra", "organización", "alegría", "niñez", "colectivo".
No hay una sola forma política y nuestra reflexión al respecto da cuenta de esa variedad de manifestaciones. Abogamos por una organización social que trabaja la problemática de los chicos en un barrio del conurbano bonaerense. Y nuestros métodos se acercan más a un taller artístico que a una organización gremial. Esa decisión, mezcla de la circunstancia y la elección propia, es absolutamente política. Y es además una lucha desde lo cotidiano y el gesto invisibilizado, mucho más difícil de distinguir que una alianza electoral publicitada a toda pompa en la televisión..
miércoles, 11 de febrero de 2015
Rituales vivos
Y el que está arriba
irá abajo
no va a quedar ni uno suelto
Febrero. Carnaval y murga en Buenos Aires, en Gualeguaychú, en Montevideo, en San Pablo. En muchas ciudades. El Merendero decide también festejarlo. ¿Qué es el carnaval? ¿Qué es carnavalizar? Subvertir roles, reírnos de los estamentos sociales, y hacer como en esa canción que canta Serrat: por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. Nos vestimos de personas que no somos, nos disfrazamos como criaturas extrañas o al menos distintas, bailamos, nos maquillamos, nos hacemos máscaras, nos tocamos con el de al lado al invitarlo a danzar. El carnaval en el Merendero dura un mes, ni más ni menos, pero la experiencia que se construye está más allá de este breve tiempo. Porque viene de antes y sigue después.
Elegimos la historia de ese murguista de Jaime Roos que se enamora a primera vista de esa princesa perdida en la multitud del corso uruguayo. Pero ella no lo registra y se pierde entre la gente. Hasta ahí una historia de amor frustrado un verano de carnaval. ¿Cómo seguimos? Pues resulta que le damos una vuelta de tuerca (porque eso tratamos de hacer en el Merendero y de eso se trata también el carnaval): el murguista no tuvo suerte porque no sabía danzar. No podía bailar e invitar a la princesita al movimiento. Entonces aparece esa figura carnavalesca: el diablo. Aquí no hay nada religioso (a menos que tomemos la idea de religare, como esa vuelta a cierto lazo social). El diablo que le enseña a este murguero a bailar. Y así se convierte (siempre hay algo de cuento de hada que no podemos erradicar) en esa figura tradicional que tiene raíces griegas y no sabemos si es un dios o un rey o si hay alguna diferencia: Momo. Pero el dios Momo no está solo, porque no se puede hacer nada desde la soledad. Tiene su ejército de húsares endiablados, pequeños bailarines de todas las edades y colores: los pibes del Merendero. Y así vamos entrando todos en escena, esa gran escena que montaremos en febrero. Porque a fin de cuentas, vamos a contar una historia, vamos a actuar una historia de carnaval, con carnaval (con su música y su estética y su tiempo) y también por el carnaval. Vamos a inventarnos personajes, tomando lo que ya existe (una canción, una figura, una fiesta) y mezclándolo con lo que queramos, con lo que creemos y lo que salga al final. El cocoliche, después de todo, también es un poco murguero y también es un poco típico del Merendero (zona de encuentro por excelencia, de personas y geografías y costumbres y vidas).
Las organizaciones sociales se van reinventando y nutriendo de experiencias de otros colectivos. En general, dependiendo del tipo de organización, se pueden encontrar itinerarios sociales similares aunque entre esos espacios no haya una conexión directa. Hay formas de hacer política que se parecen porque las iniciativas son parecidas y porque hay cierta semejanza en la conformación de los grupos militantes. ¿Qué organización no ha pensado, sobre todo si el trabajo es de niñez y territorio, en hacer una pequeña murga? ¿bailar disfrazados coordinando la más posible sus movimientos amateurs? No es extraño que compartiendo enlaces, compartiendo vivencias (online y offline) se produzcan estos cruces similares. La murga y el carnaval no tienen dueño, pero nosotros nos adueñamos de sus formas y colores y hacemos algo nuevo. Eso sí, siempre con alegría, con trabajo conjunto, planificado. El rey Momo jamás podría conseguir nada si estuviese solo, pero tampoco podría hacerlo si estuviera triste.
Hace tres meses que este espacio virtual no se tocaba, y eso se vincula un poco a los ritmos que el propio merendero tiene. El último mes fue de ordenamiento y limpieza. Y aunque el orden del espacio es fundamental también es cierto que no puede ser una actividad de cada sábado porque ninguna reflexión nace de esa situación en particular. Y la práctica del Merendero necesita su "teoría". Necesita su parte reflexiva porque si no, tampoco hay práctica, o no al menos la que creemos que merecemos y podemos realmente producir. Pero se vuelve ahora que hay un taller concreto, cargado de experiencias (¿quién no tiene su aproximación a la murga personal?). Por otro lado, este año tenemos los feriados de carnaval, con lo cual su notoriedad cobra aún más relevancia o es al menos imposible de evadir. Otra lucha social de las murgas, otro reclamo, otra manera también de pensar la política. Para todos aquellos que desestiman el corso y su poder, ¿por qué la dictadura le habrá quitado sus feriados, aparentemente inocentes, tan sólo festivos? Las fiestas son rituales. Los rituales son parte de la cultura. Y no hay cultura que no sea política o que no la toque directamente en su propia forma, en su forma íntima. Y hay rituales muertos, pero hay otro bien vivos. El Merendero retoma este ritual del dios Momo, tiene su propio tablado y su propia princesa y su propio murguista. O acaso, muchas princesas y muchos murguistas. Nos disfrazaremos en febrero y más aún: prepararemos el disfraz. No hay nada de improvisado en esta fiesta. Pero tampoco deja de ser un evento lúdico. Después de todo, siempre hay algo de juego, siempre hay reglas y siempre hay dados que tirar, casilleros que avanzar y metas a las que llegar. Porque la murga es también una canción de Jaime Roos: iluminando el pasado, desafiando al futuro, denunciando al presente con un simple disfraz. Volvemos al ruedo virtual después de varios meses bajo la tierra y volvemos al ruedo ritual de la murga. Y así los que están arriba van abajo y los de abajo arriba, y así mezclados arrancamos este mes, a través del carnaval de los pibes de Glew.
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