sábado, 23 de noviembre de 2013

Un arte mayor

Teníamos que llenar el cronograma de noviembre. Comenzamos por lo que ya habíamos hecho, y finalmente llegamos al día de la fecha. "¿Qué hicimos hoy?", le pregunto a Luján, que está en segundo grado. Ella era la encargada de llenar el casillero del 16 de noviembre. Y sin dudarlo me dice "Hicimos arte".

El 30 de noviembre se viene nuestra celebración de cierre de año: El Día de las Artes. Idea que tiene historia, y una que por cierto identifica a muchos de los que somos parte y más aún de los que fueron. El Merendero tuvo varios días de cierre y siempre aparece en estos eventos la idea de "celebración". Después de todo un año de trabajo, está bueno ver el balance, y si puede ser en lindas cartulinas hechas en equipo, mejor aún. Estas actividades de cierre permiten ver lo hecho de manera integral: no son sábados inconexos, hay un hilo conductor que de a poco se va construyendo de manera más sólida. No es tanto una cuestión de contenido, sino de enfoque. Podemos trabajar con plastilina o con marcadores; podemos hacer animalitos de masa o posar con bicicletas. Podemos jugar al fútbol o pintar paredes. Pero siempre intentamos que sea un trabajo en equipo, un trabajo colectivo y en el que podamos darnos la oportunidad de disfrutar pero de pensar qué nos hace sentir bien,lo que a veces no es ni tan sencillo ni tan evidente. Y esta muestra de fin de año es lo que se dice "el corolario", pero no porque dejemos de ir, de hecho no hay freno en la actividad (somos ambiciosos). Es el corolario porque siempre los balances tienen que formar parte de cualquier grupo humano que se piense como organizado y orgánico. El Día de las Artes es una muestra de un ejercicio: el de reapropiarnos de una práctica que no se originó en el espacio pero que es en ese espacio donde funciona como funciona. Así volvemos el Día de las Artes algo propio. 

Este año tuvo una impronta especial dada por la mayor conectividad grupal, en todos los sentidos. Pero por sobre todas las cosas, si hay algo que no falta un sábado, eso es la cámara de fotos. Sacamos fotos todo el día, a veces al azar, a veces buscando algo, a veces para divertirnos y otras para documentar. Sacamos fotos todos, chicos y grandes, y cada uno le imprime así su sello y mirada. Fue entonces un año en el que nos miramos trabajando, dibujando, riéndonos, andando en bici, mirando. Se han hecho posters y carteles, se han subido las fotos a facebook, se piensa la muestra de fin de años en fotos y carteleras. La cámara que nos permite reflexionar porque nos vemos allí, en el Merendero. Nos vemos en acción y pensamos si es esa la imagen que queremos de lo que hacemos. Los chicos pasan y se quedan mirando las mismas fotos que están desde hace meses colgadas en las paredes contra todo pronóstico desafortunado. La imagen y su fuerza, el poder de mirarnos y de que las imágenes nos despierten algo, difícil decir qué. Así que este 30 de noviembre el Día de las Artes va a tener una impronta fotográfica fortísima que cada vez aprende a mirar mejor y con esto queremos decir a mirar comprometidamente aunque sin perder nunca la alegría del juego. 

El 30 de noviembre entonces es una jornada especial que queremos compartir con todos, en todos los medios porque somos un espacio que abre canales en todas las esferas. Este 30 de noviembre vamos a ver integralmente nuestro arte y a crear otro tanto. Y así se va otro año más en el Merendero, pero a diferencia del tempus fugit, aquí se siente el peso de los años, de la experiencia, del lugar ganado, de la dinámica grupal que cada vez se nos vuelve más evidente porque le damos cada vez más forma. Invitamos a todos a acercarse pero por sobre todo a participar. Porque el Día de las Artes es un día no sólo para ver sino para hacer. Y el Arte del Merendero es un arte activo y por sobre todas las cosas, es un arte colectivo que necesita y abraza todas las manos, todas.


domingo, 10 de noviembre de 2013

La palabra justa

En la ciudad de Buenos Aires (así como en otros sitios) existen muchas organizaciones sociales que buscan cambiar algo, tal como queremos hacerlo en y desde el Merendero. Una de ellas es la  Casa José Martí (todo un nombre), por la zona de Boedo. Cómo cambiar las cosas quizá es lo que diferencia y acerca a estas variadas organizaciones y centros culturales, plagadas de gente joven que labura duramente y combina sus actividades militantes con otros quéhaceres de la vida, siempre a las corridas, pero siempre corriendo para el mismo lado. En la Casa Martí, uno de esos ejes de cómo cambiar se plasmó en dos encuentros -en los que participamos como colectivo- de Alfabetización de Jóvenes y Adultos. El primero fue el 26 de octubre y el segundo fue ayer, sábado 9 de noviembre, a cargo de docentes y alfabetizadores con ganas de conocer experiencias pero también de aportar las propias. Podemos decir brevemente que salimos más que satisfechos y agradecidos y por supuesto con ganas renovadas de volver a la actividad que tanto nos ha convocado y a la que, pese a la voluntad, siempre encontrábamos compleja y casi inabordable: el apoyo escolar. Porque pese a que muchos de los chicos con los que laburamos finalmente aprendieron a leer, hay chicos muy pequeños que aún no lo han hecho. Pero por sobre todas las cosas, de aquéllos que sí saben cómo hilvanar palabras, nos hemos quedado con la nueva idea de que leer no es sólo ese procedimiento (no es de hecho un procedimiento). Es un acto político y de conocimiento, como hemos convenido en estos encuentros. Y como militantes que somos debemos entonces darnos esa posibilidad de ampliar las fronteras técnicas del apoyo escolar. Sólo que hasta ahora no habíamos contado con ningún recurso más que la improvisación y la influencia de antiguas experiencias personales (aunque debo admitir que no recuerdo ese momento en que me enseñaron a leer). Leer, entendimos de una manera más cabal, es poder volver inteligible no sólo un texto sino nuestra propia vida y nuestra vida en conexión con las palabras con las que vivimos y que producimos. En las palabras hay relaciones sociales y hoy en día, en nuestra sociedad, las relaciones sociales encadenan palabras con sentidos siempre personales y siempre políticos. Leer, como pudimos comprender en el Taller de la  Casa Martí, es un encuentro. Y hemos dicho ya que el Merendero también lo es: es un espacio que busca un encuentro, pero un encuentro que se reflexione, que se piense a sí mismo para poder pensar y a partir de poder pensar el mundo que lo rodea, que lo sostiene y al que coadyuvamos a recrear. Una vez más, la pregunta: cómo recreamos ese mundo o más bien cómo queremos recrearlo. Pues bien, a partir de poder entender (leer) ese mundo pero de una manera crítica, de una manera que permita develar y poner al desnudo todo aquello que nos lleva, para bien y para mal, a donde estamos. Pues como dice el bolero cubano, no va pa' ningún lado quien no sabe dónde está. Creemos, y quizá ahora con renovado fervor, que leer en el Merendero es una manera de averiguar dónde se está, desde dónde se parte y sobre todo a dónde se quiere llegar. Recuerdo la fotocopia pegada en nuestra biblioteca que dice "leer abre los ojos", y  en la que aparecen dialogando Inodoro Pereyra y Mendieta. Muy bien, es hora entonces, quizá como plan de verano, volver a ese apoyo escolar, pero siendo ya más grandes (en todos los sentidos), teniendo más recursos y sobre todo la convicción que nos mueve, el deseo que nos anima y el afecto hacia ese mundo que el Merendero es, con sus personas y sus identidades. 


En el taller se retomó al pedagogo brasilero Paulo Freire y a su idea fuerza de "palabras mundo", es decir, aquellas que son referentes de los grupos sociales con quienes uno trabaja como alfabetizador (en el sentido más amplio de comprensión crítica del mundo). Pienso que la palabra 'Merendero' para nosotros es una palabra generadora, una palabra próxima y que aproxima; personal y común. Pienso también que la palabra 'fútbol' o los equipos de todos nosotros también lo son. Pienso en la idea de 'barrio' y en los nombres de quienes formamos parte. Pienso en la palabra 'sábado' y, quizá ya para nosotros, la palabra 'militancia'. Será cuestión de ir sopesando un poco más las palabras que utilizamos, no sólo para aprender a leer en el sentido más reducido (sobre todo para los más chiquitos); sino para desglosar esas palabras que usamos tan livianamente a veces en sus segmentos no silábicos sino sociales. Aprender a leer un texto que nos dé herramientas transformadoras. Aprender a leer las canciones que escuchamos sin prestar tanta atención. Aprender a leer las poesías que nos están esperando en los desordenados estantes de nuestra biblioteca. Aprender a leer las películas que pasan en la televisión un domingo a la tarde. Aprender a leer un diario. En fin, asistimos a un encuentro (o a dos) que busca pensar una pedagogía de la comunicación. Y me quedo con una frase que leímos en el libro base que se usó de Freire, Educación como práctica de la libertad (1965): la palabra como fuerza de transformación del mundo. Quizá por eso el Merendero siempre defendió el diálogo (como cantan los de Calle 13, el diálogo destruye cualquier situación violenta), porque la palabra esgrimida intenta construir vínculos afectivos que destierren la violencia física y simbólica que tanto lastima y tan naturalizada se halla. Quizá ahora estemos animados por un análisis más consciente del por qué o del cómo. Y de ahí el título de esta entrada, refiriéndome a la frase de Paco Urondo. Eran otros tiempos y otros modos (otros cómo de la política): Paco empuñó un arma porque esa fue la manera de poder vivir en el corazón de la palabra justa. Nosotros hoy apostamos a otra construcción militante, transformadora y organizada. Nosotros hoy apostamos a la fuerza creadora del diálogo. Y agradecemos a la Casa Martí por habernos abierto las puertas (y haberlas dejado abiertas) y ayudarnos a entender cómo volver realidad (aunque sea un poquito más) esa fotocopia de la pared de la biblio, que propone  a través de la lectura abrir no sólo puertas: abrir los ojos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Estás cuando no estás

La dimensión transformadora de la militancia es innegable. Sin duda, los que nos movemos (porque hay que moverse para ser militante) lo hacemos porque queremos cambiar algo -ya resuena la canción de Baglietto-. Somos parte de un proyecto transformador: buscamos crear una identidad que genere nuevos vínculos entre las personas, vínculos comprensivos y compañeros, que le digan que no a la violencia y permitan construir colectivamente. Somos militantes porque creemos que las relaciones de poder que existen no son justas pero tampoco son eternas: ahí está el papel de todo aquel que lucha. Pero además de los grandes programas, de las reuniones y plenarios en los que se discute cómo hacer tal o cual actividad y con qué fines; además de los motivos concretos y políticos que nos movilizan y de la reflexión sobre el estado actual de cosas, en todos sus sentidos; además de las ganas de cambiar algo en la realidad que está hoy por hoy como está pero que no es como es; además de todo eso, está la transformación del militante. 

Recuerdo que nuestro referente en su momento  nos había dicho que una vez que te pica el bichito de la organización, no hay vuelta atrás. Y creo que tiene razón. Porque cada sábado que no voy al Merendero (y sé que no soy la única) por el motivo que sea, me siento rara: dislocada. Me siento fuera de lugar y tal vez fuera de tiempo. Después de tantos años en que el fin de semana sólo tiene un día, tener dos de vez en cuando no es tan fácil. La militancia, que sigue reflexionando y siendo auto-analítica, se vuelve además hábito. Pero debo ir más lejos: se vuelve parte de mí. Y parte de todos los militantes. A punto tal que no se concibe un sábado sin ir al Merendero y a punto tal que para cuando llega el próximo ya parece que han pasado siglos. Ya no puedo decir qué hacía los sábados antes de 2008 porque esa persona que fui antes ya no es. Tampoco el Merendero es lo que era antes de 2008. Somos herederos de su nacimiento en una época social como fue el 2001 en nuestro país, pero además somos los actores y recreadores de una época diferente, con continuidades por supuesto, y con rupturas. Ni el Merendero ni nosotros podemos pensar en el antes, porque como tales no existíamos (y de ahí que me resuene la canción de Jorge Drexler que dice "antes de ser nosotros dos, no había ninguno de los dos"). El encuentro que se propicia activamente sábado a sábado es un creador de identidades que carga con la historia de todas sus partes pero que escapa al determinismo: la militancia es todo lo contrario al esencialismo. Sin embargo, se vuelve hábito, pero un hábito que se toma de lo primero que encuentra para pensarse a sí mismo. Como me pasó a mí: la lluvia del sábado nos impidió ir al barrio y de esa ausencia, a mí me surgió escribir estas torpes palabras. Es decir, no hace falta más que una ruptura del hábito para que este se me presente como eso que es: parte de mi vida cotidiana. Y ahí quería llegar: la militancia como vida cotidiana.

Uno no deja de ser militante ni un segundo. Piensa y actúa de acuerdo a esas convicciones que lo mueven. En este caso, las convicciones que nos llevan a ese barrio y a esas personas con las que trabajamos. Pero además, cada sábado se ha ganado un lugar en mi vida desde otro punto de vista que no se puede desestimar: el afectivo. Yo quiero ir a Glew. Por convicción y por afecto. Ese sábado es no sólo un proyecto político de consignas: es una construcción con otras personas. Es la búsqueda de entender que se quiere pensar en primera persona del plural, y yo sola en casa no puedo. Un sábado en el que no se va al barrio es una contradicción de mi propia militancia y de toda militancia: porque sólo se milita poniendo el cuerpo (y las ideas de/en/a través (d)el cuerpo). En todo caso, se hará algo para llenar ese sábado (así es como con un compañero, por iniciativa de él, en quien pienso ahora al escribir esto, vino a estudiar a casa y su texto, casualmente, trataba sobre los usos sociales del cuerpo), pero me parece que yo recién ahora lo estoy haciendo: escribo lo que nace de esa contradicción que viví el sábado pasado. La militancia se hace cuerpo en uno a fuerza de tanto poner el cuerpo. Y finalmente se entiende que uno vive en todos sus aspectos dentro de esos lineamientos políticos (que son culturales y morales y económicos y afectivos) todo el tiempo. La vida propia se contagia de esas experiencias, se nutre y cambia. Cambiamos todos nosotros en el proceso de querer cambiar otras cosas, espacios, personas, relaciones. La experiencia militante cambia y transforma en todas direcciones. Cómo cambiar o qué se quiere modificar ya es harina de otro costal: hay muchas militancias, en sus formas y contenidos. Pero lo importante es reconocer qué las une. Y eso que las vuelve común y por tanto las define es lo que a mí me faltó el sábado que pasó: ese "poner el cuerpo" de forma orgánica y colectiva. Ahora, entonces, sólo me queda materializarlo (corporeizarlo) de la única forma en que se me ocurre, antes de que llegue el próximo encuentro: escribiendo. Ya dije que escribir es una forma de habitar, o sea, de estar y ser. Las palabras son los cuerpos que pongo hoy ante la ausencia que pasó. Espero que también ellas sean palabras militantes, es decir, palabras transformadoras, al menos para quien las lea. Porque para con quien escribe ya lo han sido.