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domingo, 19 de julio de 2020

Ciclo Cultura Colectiva



El año 2020 nos encuentra en una situación particular y compleja. Nuestro espacio físico que es el Merendero está cerrado desde inicios de la cuarentena como parte de las medidas generales de cuidado que tenemos que tomar. Pero también nos plantea una nueva pregunta por el “estar” y sobre todo por lo que consideramos fundamental en nuestro proyecto colectivo que es el ENCUENTRO. ¿Cómo encontrarse en aislamiento, sobre todo cuando esa palabra en singular (aislamiento) se vive de tantas maneras distintas al interior de nuestro propio colectivo? ¿Cómo se construyen nuevas formas de presencia para un espacio que se ampara en el abrazo, en el mate en el tren, en los talleres y las meriendas con lxs pibxs? ¿Cómo lograr que las voces de lxs pibxs no queden aisladas? Todavía estamos pensando estrategias, reuniéndonos en el mundo virtual para que la calidez del encuentro siga siendo la base de nuestras actividades, incluso en redes. Y sobre todo, la urgencia que presentó el panorama global, que viven tantas personas hoy, hizo que la olla popular que llevamos hace ya unos meses fuera la principal actividad de nuestro merendero, con lxs compañerxs que viven en el barrio y le ponen el cuerpo a tremendo esfuerzo.




 



Pensamos, pensamos, seguimos pensando.

Y volvimos la mirada a lo que fue un encuentro hermoso y solidario, compañero, que se dio el año pasado en nuestra peña del corazón, peña merendera, que hicimos con mucho esfuerzo y de la mano de compañerxs artistas que le pusieron su música, su danza, su voz, su cuerpo y su afecto para acompañarnos en esa aventura musical. También pensamos qué difícil está la mano para esxs músicxs hoy en día, y que quizá el encuentro tambień con ellxs es hoy una manera de “abrazarse” en este aislamiento preventivo. Por eso, decidimos que quizás hoy una manera de encontrarnos es a través de las redes, no sólo compartiendo las actualizaciones que hacen al espacio físico o la amorosa olla popular (en la cual muchxs de lxs que lean esto participaron y fueron fundamentales, y por ello les estamos agradecidxs); sino también compartiendo un poco del arte que hoy no viene sólo de la mano de los talleres que hacemos codo a codo con lxs pibxs sino que permite compartir lo que están haciendo ahorita, ahorita esxs artistas compañerxs que nos acompañan en esta pandemia con sus videos, con su música en la pantalla y el parlante, con la charla en los dispositivos y la calidez de siempre en la presencia -por el momento- virtual.



Con estas largas palabras queríamos simplemente decir que estamos inaugurando un ciclo cultural virtual donde compartiremos (tanto por este Facebook como por nuestro Instagram @pibesdelombu) la música, las actividades y hasta charlas/conversatorios, con esxs artistas compañerxs y sus melodías y palabras.

Como la salida de todo lo que enfrentamos es para nosotrxs colectiva siempre, pensamos que este ciclo podría llamarse Ciclo Cultura Colectiva. Y arrancará con esta pata musical, para expandirse a lo deportivo y lo literario, tres mundos que habitamos desde hace mucho tiempo con lxs pibxs en talleres como fueron “Lxs Adivinadores”, “Corazón valiente”, “Letras Libres” (¡que no termina!), nuestro querido taller de Fútbol o “Libros locos” hace ya unos cuantos años.


Esperamos que les guste esta aventura musical, y estaremos compartiendo actividades, flyers, charlas y videos nuevos para mantener este lazo tan potente que nace en el merendero hace muchos años y no deja de crecer. ¡Se viene la agenda de #CicloCulturaColectiva!





miércoles, 11 de febrero de 2015

Rituales vivos

Y el que está arriba
irá abajo
no va a quedar ni uno suelto 


Febrero. Carnaval y murga en Buenos Aires, en Gualeguaychú, en Montevideo, en San Pablo. En muchas ciudades. El Merendero decide también festejarlo. ¿Qué es el carnaval? ¿Qué es carnavalizar? Subvertir roles, reírnos de los estamentos sociales, y hacer como en esa canción que canta Serrat: por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. Nos vestimos de personas que no somos, nos disfrazamos como criaturas extrañas o al menos distintas, bailamos, nos maquillamos, nos hacemos máscaras, nos tocamos con el de al lado al invitarlo a danzar. El carnaval en el Merendero dura un mes, ni más ni menos, pero la experiencia que se construye está más allá de este breve tiempo. Porque viene de antes y sigue después. 

Elegimos la historia de ese murguista de Jaime Roos que se enamora a primera vista de esa princesa perdida en la multitud del corso uruguayo. Pero ella no lo registra y se pierde entre la gente. Hasta ahí una historia de amor frustrado un verano de carnaval. ¿Cómo seguimos? Pues resulta que le damos una vuelta de tuerca (porque eso tratamos de hacer en el Merendero y de eso se trata también el carnaval): el murguista no tuvo suerte porque no sabía danzar. No podía bailar e invitar a la princesita al movimiento. Entonces aparece esa figura carnavalesca: el diablo. Aquí no hay nada religioso (a menos que tomemos la idea de religare, como esa vuelta a cierto lazo social). El diablo que le enseña a este murguero a bailar. Y así se convierte (siempre hay algo de cuento de hada que no podemos erradicar) en esa figura tradicional que tiene raíces griegas y no sabemos si es un dios o un rey o si hay alguna diferencia: Momo. Pero el dios Momo no está solo, porque no se puede hacer nada desde la soledad. Tiene su ejército de húsares endiablados, pequeños bailarines de todas las edades y colores: los pibes del Merendero. Y así vamos entrando todos en escena, esa gran escena que montaremos en febrero. Porque a fin de cuentas, vamos a contar una historia, vamos a actuar una historia de carnaval, con carnaval (con su música y su estética y su tiempo) y también por el carnaval. Vamos a inventarnos personajes, tomando lo que ya existe (una canción, una figura, una fiesta) y mezclándolo con lo que queramos, con lo que creemos y lo que salga al final. El cocoliche, después de todo, también es un poco murguero y también es un poco típico del Merendero (zona de encuentro por excelencia, de personas y geografías y costumbres y vidas). 


Las organizaciones sociales se van reinventando y nutriendo de experiencias de otros colectivos. En general, dependiendo del tipo de organización, se pueden encontrar itinerarios sociales similares aunque entre esos espacios no haya una conexión directa. Hay formas de hacer política que se parecen porque las iniciativas son parecidas y porque hay cierta semejanza en la conformación de los grupos militantes. ¿Qué organización no ha pensado, sobre todo si el trabajo es de niñez y territorio, en hacer una pequeña murga? ¿bailar disfrazados coordinando la más posible sus movimientos amateurs? No es extraño que compartiendo enlaces, compartiendo vivencias (online y offline) se produzcan estos cruces similares. La murga y el carnaval no tienen dueño, pero nosotros nos adueñamos de sus formas y colores y hacemos algo nuevo. Eso sí, siempre con alegría, con trabajo conjunto, planificado. El rey Momo jamás podría conseguir nada si estuviese solo, pero tampoco podría hacerlo si estuviera triste. 

Hace tres meses que este espacio virtual no se tocaba, y eso se vincula un poco a los ritmos que el propio merendero tiene. El último mes fue de ordenamiento y limpieza. Y aunque el orden del espacio es fundamental también es cierto que no puede ser una actividad de cada sábado porque ninguna reflexión nace de esa situación en particular. Y la práctica del Merendero necesita su "teoría". Necesita su parte reflexiva porque si no, tampoco hay práctica, o no al menos la que creemos que merecemos y podemos realmente producir. Pero se vuelve ahora que hay un taller concreto, cargado de experiencias (¿quién no tiene su aproximación a la murga personal?). Por otro lado, este año tenemos los feriados de carnaval, con lo cual su notoriedad cobra aún más relevancia o es al menos imposible de evadir. Otra lucha social de las murgas, otro reclamo, otra manera también de pensar la política. Para todos aquellos que desestiman el corso y su poder, ¿por qué la dictadura le habrá quitado sus feriados, aparentemente inocentes, tan sólo festivos? Las fiestas son rituales. Los rituales son parte de la cultura. Y no hay cultura que no sea política o que no la toque directamente en su propia forma, en su forma íntima. Y hay rituales muertos, pero hay otro bien vivos. El Merendero retoma este ritual del dios Momo, tiene su propio tablado y su propia princesa y su propio murguista. O acaso, muchas princesas y muchos murguistas. Nos disfrazaremos en febrero y más aún: prepararemos el disfraz. No hay nada de improvisado en esta fiesta. Pero tampoco deja de ser un evento lúdico. Después de todo, siempre hay algo de juego, siempre hay reglas y siempre hay dados que tirar, casilleros que avanzar y metas a las que llegar. Porque la murga es también una canción de Jaime Roos: iluminando el pasado, desafiando al futuro, denunciando al presente con un simple disfraz. Volvemos al ruedo virtual después de varios meses bajo la tierra y volvemos al ruedo ritual de la murga. Y así los que están arriba van abajo y los de abajo arriba, y así mezclados arrancamos este mes, a través del carnaval de los pibes de Glew. 




domingo, 29 de junio de 2014

Solo ya no quiero navegar

Los equipos se construyen, se hacen. Primero nos conocemos, nos miramos un poco, nos escuchamos. Hay peleas, hay competencia. Primero hay un poco más de "yo" quizá y un poco menos de "nosotros". Ese pasaje, tan dificultoso, de poder estar-con-el-otro no tiene una sola forma, no tiene un solo proceso. Se empieza por algo simple, se empieza reconociéndose, recordándose, repitiendo una formación o un grupo de trabajo. Parece forzado, al principio sobre todo, pero luego se empieza uno a acostumbrar a que tal o cual le dé una mano, le ponga un hombro, lo trate bien, lo invite a compartir algo.Nace el afecto, la compañía deseada y hasta el extrañamiento cuando alguno no viene o falta. Esa construcción, con múltiples posibilidades y a veces incierto final, es la que prima siempre como objetivo del merendero. ¿Por qué retomar hoy este tema? Pues bien, el puntapié puede parecer desde banal hasta controvertido: el Mundial Brasil 2014. Pero ¿no es acaso el fútbol un juego colectivo? ¿El deporte en equipo por excelencia que elegimos muchos argentinos? En el barrio hay pelota, hay canchita, hay equipos desparejos o de ocasión, hay gambeta. Nos falta quizá pensarlo de manera más orgánica o integral, pero el fútbol siempre estuvo: antes de que llegáramos a militar a Villa Amancay, y mucho después de que nosotros ya nos hayamos ido. En esta recuperación de "leer el mundo" que propone Freire, el fútbol jamás podrá quedarse por fuera. Es parte de nuestro universo de referencia y con él podemos hacer algo. Por más de que jamás neguemos que hay algo de infierno en el Mundial: no todo es cielo. Sin embargo, de ese mega mundo que es la organización de un mundial en un país latinoamericano, nosotros nos quedamos con el juego colectivo en este escrito. Será otra la oportunidad (como lo es en el barrio) en la que se problematice ese otro eje posible, es decir, el lado oscuro de las competencias de alto vuelo, que ponen en juego relaciones de poder mezcladas con pasiones callejeras.



El fútbol, como todo deporte en equipo, requiere eso mismo: UN EQUIPO. No un grupo de jugadores sino un verdadero colectivo. Ese momento en el que modificar un término del sistema cambia todo el conjunto. ¿Cómo se construye esa constelación en un grupo de chicos, de variada edad y competencia deportiva? Lo importante es entender, sentir que si el otro no prospera, yo tampoco puedo hacerlo. Que no puedo soltarle la mano en un juego de enredados a mi compañero, por ejemplo, porque en ese momento mismo también me estoy soltando la mano a mí mismo. Es importante saber que no puedo hacer una pirámide humana en solitario y que sin coordinación no se puede atravesar a tientas un campo de minas, por hacer algunas referencias a los juegos de equipo que ayer se implementaron en el Merendero. También es cierto que la prédica eficiente  no es solamente una charla: es el ejemplo. De alguna manera, aprendimos los militantes a ser compañeros, con falencias (porque siempre hay algo para mejorar) pero sin soltarnos ni siquiera cuando los nudos parecían imposibles de desatar. Y muchas veces, un elemento fundamental para aprender es la falla. Al principio el equipo puede no funcionar y uno tiene dos posibilidades: dejarlo pasar o charlarlo, apuntalarlo y pensar por qué no se cumplió el objetivo. Esa construcción, que sirve tanto para un grupo de chicos en un merendero del conurbano bonaerense como para el seleccionado argentino de fútbol, es la que a través del deporte queremos lograr. Ese poema que según el escritor uruguayo Eduardo Galeano es el más corto de la literatura  universal, "Me, We", de Muhammad Alí, es lo que pone en evidencia o sintetiza todos nuestros esmeros. Llevará tiempo, frustración, cansancio. Tomará muchos sábados y esfuerzo y energía. Pero ese momento en el que confío en el que tengo al lado, me subo  a su espalda y formo la pirámide humana, vale todas esas sillas en el camino. El festejo colectivo también lo demuestra, las ganas de salir de la cancha abrazando al otro jugador también lo evidencia. La victoria se comparte porque el juego es colectivo. Y en ese mar nos hemos embarcado, queriendo a fin de mes comenzar a armar el equipo de fútbol del Merendero, que llegará hasta donde podamos llevarnos. Mientras tanto pensamos en esa frase "hay equipo" y la cambiamos por "equipo en construcción". Porque como dice el poeta Benedetti, amar sin nadie es muy triste. Pero amar con alguien genera la proclama opuesta: "¡vaya cosa buena!". Y así nos sentimos los que ayer continuamos el taller mundialista y arrancamos con los primeros juegos en equipo que orientaran la actividad por un tiempo. Para que podamos decir finalmente que en esta lucha y en esta militancia y en este proyecto pedagógico y político que llevamos adelante, codo a codo, somos mucho más que dos.



domingo, 23 de marzo de 2014

Nos/otros

Ya dijimos que el merendero es un sitio de encuentros. Hasta ahora veníamos pensándolo en relación a los chicos del barrio, los adultos, los contactos que nos permiten llegar a la municipalidad, la formación de un equipo de trabajo. Pero ayer, sábado, día por excelencia de nuestra presencia en el barrio, el encuentro fue particular y a la vez nos hizo dar cuenta de una manera muy encarnada de cómo es eso de que experiencias como la nuestra hay miles en todo conurbano. Ayer, nos encontramos con un equipo de trabajo también local, que labura en un merendero cercano al nuestro, aunque las actividades estén en etapas distintas y hayan tenido distintos itinerarios. Nos encontramos con militantes que son un poco como nosotros, más allá de algunas diferencias (por empezar, las distancias: ellos son de la zona donde laburan). Escuchar su historia, sus anécdotas, sus vivencias y saber que son las nuestras o las fueron alguna vez. Aquí hubo otro encuentro, que nos permite repensarnos como equipo de trabajo, para ver qué nos falta y de qué tenemos que estar orgullosos. Y así, de encuentro en encuentro, vamos delineando como podemos y queremos nuestra identidad en tanto espacio cultural, social, político, pedagógico. Un espacio donde quizá se entienda cabalmente que el poder es el de la imaginación. O eso se busca, sin olvidarnos de las tramas en las que estamos envueltos siempre. 

La gente que pasa por los proyectos, la intermitencia, los altibajos, el compañerismo, el ir paso a paso con donaciones y contactos personales, los robos de material, la dejadez de algunos vecinos, el abandono de algunos chicos, el compromiso de los vecinos que ayudan con la leche, la tarea, los vínculos malos o buenos con las escuelas de la zona, el horario y los días, la cantidad de gente, el mate, las huertas, las calles de barro por las que no pasan los colectivos, las edades de los militantes, el material de las construcciones, los colores. Tanto en común. Verlos es vernos y supongo que algo hay al revés. Diferencias también, en el lazo con los chicos quizá, en la manera de encarar el trabajo, etapas diversas de un proceso que nos lleva a preguntarnos por nuestros proyectos pedagógicos. Enfoques integrales que buscamos instaurar y crear. Sobre todo nos quedamos con el diálogo. Ayer construimos un puente con palabras que comparten una historia y que a su vez tienen mucho por enseñarse mutuamente. Estamos de a poco armando lo que siempre quisimos: una red local. Se empieza por donde se empieza, con un merendero o un vecino que trabaja más arduamente. Entonces nos vamos enterando de pequeñas anécdotas, de eventos que marcan la vida de los barrios, de llegadas y partidas que delimitan los alcances de nuestro trabajo. Entender que el merendero es una experiencia en mayúscula (la nuestra, sin duda, singular y específica) pero también macro, con minúscula, porque hay tantos merenderos como barrios que cumplan con la descripción de Villa Amancay. Está siempre lo general que hallamos en tipologías sociológicas; como lo particular que permite la experiencia in situ, corporal, día a día, con gente de carne y hueso. Pero no podemos perder de vista ni las causas que generan estas experiencias (y que en el momento sorprende cómo nos identifican pero que sin embargo ya lo sabemos: merenderos hay muchos porque son un fenómenos social) ni desatendemos el hecho de que son expresiones del estado general de ciertas poblaciones, que dicen también mucho respecto de la sociedad en general. Celebramos el encuentro con Las Mariposas de Villa París, y sobre todo con el equipo que ha empezado a abordar la problemática de la niñez en el barrio donde laburan. Quisimos dejarlo asentado en distintos medios sociales porque precisamente fue un encentro y nuestros contactos aunque virtuales también buscan y persiguen ese objetivo. La lectura de vaya uno a saber quién que nos conecta y nos permite crear esa red de la que hablamos. Saber que uno no está solo en la tarea es un paso importante no sólo para sentirse acompañado sino para pensar qué es ser un niño en un país como el nuestro, en una ciudad como la nuestra, en un conurbano como el nuestro. Qué es un merendero, intraducible a tantos idiomas, por qué tiene que existir o por qué existe y cómo son esas experiencias de la política local que parecen gotas de agua y al juntarse dan cuenta del océano. Saber que hay un mar pero que además no somos la única tabla a la que aferrarse. A ver si se forma la balsa o en el mejor de los casos, el barco. 

Link de Los Willkas, Hijos de Las Mariposas (Glew)
https://www.facebook.com/loswillkasdevillaparis?fref=ts

jueves, 9 de enero de 2014

Palabras que borran todas las tristezas

Siempre hablamos de la palabra justa, del diálogo que, como cantan los de Calle 13, destruye toda situación violenta. Hablamos y nos llenamos de palabras con contenidos en todos nuestros espacios: el merendero, la biblioteca, el blog o el facebook, las cadenas interminables de mails. Palabras. Y este verano, como algo que se anunció hace meses, pudimos realizar un taller de literatura. No de cualquier literatura: infantil. Y más específicamente para niños de 4 a 6 años. Una apuesta fuerte, que incluye mucho trabajo y nos lleva al barrio en la semana, con todo el esfuerzo que eso siempre implica. Horas viajando para leer un poema de María Elena Walsh o disfrazarnos de brujas o cantar como un gallo. Esta apuesta fuerte, que recién comienza y tiene mucho por andar aún, dice un poco (o dice mucho) de los proyectos que el merendero encierra (y abre). Proyectos que trabajan con chicos a los que conocemos desde hace mucho y con los que hemos construido una relación -y todo lo que las relaciones conllevan. 

Mi compañero ya dijo que el corazón está en el barrio y es que eso es cierto, y un poco lo hemos comentado: la política tiene un elemento clave que no puede escindirse jamás sin caer en la mera inercia que también habita a los trámites burocráticos. La política en territorio (en todos los territorios) siempre tiene que tener algo de pasión. Pasión que nos movilice, que nos reúna, que nos lleve a superarnos aunque a veces canse o enfrente o agote. La política no es armónica, así como tampoco lo es la democracia. Quien fue nuestro referente y sin duda del que hemos aprendido mucho una vez nos dijo en la cocina de su casa aún en construcción "una vez que te pica el bichito de la organización no salís más". Y hay algo de eso. Hemos encontrado nuestro espacio para pensar una política que no sale en los grandes medios pero que sí está al alcance de cualquiera que quiera y pueda ver. Y como para ver hay que abrir los ojos, nosotros pensamos (retomando una consigna que tuvo en su momento la Fundación Mempo Giardinelli) que leer abre los ojos. Por eso las palabras que están en los libros nos ocupan a algunos de nosotros este verano y le damos al merendero la aventura que hay en los cuentos que aún no hemos leído. Nuestro verano llega de la mano de Pipo Pescador, de Liliana Cinetto, de canciones tradicionales, de María Elena, y quién nos dice por ahí hasta de José Martí. Nos llenamos de palabras que no tienen  dueño finalmente y que nos llenan a todos los que formamos parte de ese espacio que hemos construido con trabajo. Nuestra política es un trabajo apasionado, crítico, colectivo, que nace de palabras humanas que inventan colores que el arco iris no tiene, como dijo Galeano alguna vez. Pero elegimos nosotros qué palabras decir, porque como canta un uruguayo, hay escritas infinitas de ellas, aunque no todas nos gusten. Elegimos la palabra "libro", que el Pipi (de cuatro años) asegura que los libros del merendero están cansados y por eso están parados en los estantes de la biblioteca. Elegimos la palabra "compañero" porque así nos vamos relacionando entre nosotros y nos volvemos cómplices de esta transformación. Elegimos la palabra "colectivo" que es lo que caracteriza a todo lo que hacemos, desde un escrito con nuestra historia hasta el viaje en tren tomando un mate o los proyectos, como el de huerta que arrancó este año. Elegimos la palabra "alegría" porque nada grande se hace desde la tristeza. Y elegimos la palabra "palabra" porque es nuestra herramienta de trabajo y de reflexión, es el lenguaje que intenta unirnos y nos muestra en qué diferimos, y es la utopía: la palabra que borre la tristeza, la desigualdad, el desánimo, el individualismo (feas palabras).  Y así, todas estas palabras, que cobran fuerza y sentido no sólo al yo escribirlas aquí sino al volverlas carne en cada actividad compartida, animan nuestro taller, una gota en la historia del merendero y del barrio. Retomo aquí lo escrito por mi compañero, tan sencilla y bellamente que la verdad no sé ni por qué redundo. Qué sería de nuestra reflexión sin la vivencia y qué sería de nuestra práctica sin el pensamiento que la orienta (y viceversa). Este taller que arranca es esa dialéctica, con niños pequeños que están tan llenos de fantasías y palabras que nacen y crecen en la poesía del merendero. 

sábado, 23 de noviembre de 2013

Un arte mayor

Teníamos que llenar el cronograma de noviembre. Comenzamos por lo que ya habíamos hecho, y finalmente llegamos al día de la fecha. "¿Qué hicimos hoy?", le pregunto a Luján, que está en segundo grado. Ella era la encargada de llenar el casillero del 16 de noviembre. Y sin dudarlo me dice "Hicimos arte".

El 30 de noviembre se viene nuestra celebración de cierre de año: El Día de las Artes. Idea que tiene historia, y una que por cierto identifica a muchos de los que somos parte y más aún de los que fueron. El Merendero tuvo varios días de cierre y siempre aparece en estos eventos la idea de "celebración". Después de todo un año de trabajo, está bueno ver el balance, y si puede ser en lindas cartulinas hechas en equipo, mejor aún. Estas actividades de cierre permiten ver lo hecho de manera integral: no son sábados inconexos, hay un hilo conductor que de a poco se va construyendo de manera más sólida. No es tanto una cuestión de contenido, sino de enfoque. Podemos trabajar con plastilina o con marcadores; podemos hacer animalitos de masa o posar con bicicletas. Podemos jugar al fútbol o pintar paredes. Pero siempre intentamos que sea un trabajo en equipo, un trabajo colectivo y en el que podamos darnos la oportunidad de disfrutar pero de pensar qué nos hace sentir bien,lo que a veces no es ni tan sencillo ni tan evidente. Y esta muestra de fin de año es lo que se dice "el corolario", pero no porque dejemos de ir, de hecho no hay freno en la actividad (somos ambiciosos). Es el corolario porque siempre los balances tienen que formar parte de cualquier grupo humano que se piense como organizado y orgánico. El Día de las Artes es una muestra de un ejercicio: el de reapropiarnos de una práctica que no se originó en el espacio pero que es en ese espacio donde funciona como funciona. Así volvemos el Día de las Artes algo propio. 

Este año tuvo una impronta especial dada por la mayor conectividad grupal, en todos los sentidos. Pero por sobre todas las cosas, si hay algo que no falta un sábado, eso es la cámara de fotos. Sacamos fotos todo el día, a veces al azar, a veces buscando algo, a veces para divertirnos y otras para documentar. Sacamos fotos todos, chicos y grandes, y cada uno le imprime así su sello y mirada. Fue entonces un año en el que nos miramos trabajando, dibujando, riéndonos, andando en bici, mirando. Se han hecho posters y carteles, se han subido las fotos a facebook, se piensa la muestra de fin de años en fotos y carteleras. La cámara que nos permite reflexionar porque nos vemos allí, en el Merendero. Nos vemos en acción y pensamos si es esa la imagen que queremos de lo que hacemos. Los chicos pasan y se quedan mirando las mismas fotos que están desde hace meses colgadas en las paredes contra todo pronóstico desafortunado. La imagen y su fuerza, el poder de mirarnos y de que las imágenes nos despierten algo, difícil decir qué. Así que este 30 de noviembre el Día de las Artes va a tener una impronta fotográfica fortísima que cada vez aprende a mirar mejor y con esto queremos decir a mirar comprometidamente aunque sin perder nunca la alegría del juego. 

El 30 de noviembre entonces es una jornada especial que queremos compartir con todos, en todos los medios porque somos un espacio que abre canales en todas las esferas. Este 30 de noviembre vamos a ver integralmente nuestro arte y a crear otro tanto. Y así se va otro año más en el Merendero, pero a diferencia del tempus fugit, aquí se siente el peso de los años, de la experiencia, del lugar ganado, de la dinámica grupal que cada vez se nos vuelve más evidente porque le damos cada vez más forma. Invitamos a todos a acercarse pero por sobre todo a participar. Porque el Día de las Artes es un día no sólo para ver sino para hacer. Y el Arte del Merendero es un arte activo y por sobre todas las cosas, es un arte colectivo que necesita y abraza todas las manos, todas.


miércoles, 30 de octubre de 2013

Tu nombre me sabe a hierba

Miren la foto de final de página. Parece que no cambió demasiado la fachada del Merendero (ahora hay un alambrado más elaborado) desde 2008 hasta hoy. Aunque los que estemos siempre allí sepamos que sí existieron tales cambios. Pero hay algo que nos está faltando y tal vez debamos pensar en hacerlo prontamente: un cartel con nuestro nombre. Después de todo, tenemos una bella bandera, tenemos un blog, tenemos un facebook, y para los que van allí todos los sábados, no hay ni una seña. Sé que no es el nombre el que hace al espacio, pero son esos pequeños símbolos que nos ayudan a identificarnos y construirnos, sobre todo cuando tantas veces en la historia los nombres se tachan, se borran, se invisibilizan, como si no hubiesen existido o no existieran. Algún poder han de tener, para construir una experiencia compartida que nos dé una unión (y por lo tanto, la fuerza). Un nombre que no nace con nosotros pero al que le dimos una nueva vida con los chicos y los vecinos que se acercaron. Una herencia, una historia, la memoria y el presente, que siempre es el que la activa.

Dejo las fotos (de este año) para que veamos un poco cómo nos lo está pidiendo a gritos. ¡Un poco de color! Y si es posible, como canta cierto cantante uruguayo, que sea el color de la alegría.