Hoy fui al cine con intención de ver Zama pero al final me decidí por "Sinfonia para Ana" de Ernesto Ardito y Virna Molina.
Más allá de las críticas que se le puedan hacer a la pelicula por como
está filmada o los recursos que use, quiero contar algo que pasó en el
testimonio final de Isa, una militante de la UES del Nacional que fue
amiga de Ana y jamás pudo reencontrarse con ella dado que fue a vivir en
el Exilio y Ana fue detenida desaparecida en condición de estudiante durante
la última dictadura cívico militar eclesiástica. Lloramos todos, todo.
Toda la sala rompió en llanto. Por minutos tuvimos el pecho acongojado,
el grito ahogado de "nos no han vencido, Ana".
Después del final, sí
vinieron las palabras de algunos q intentamos animar a los más viejos, a
aquellos compañeros de Ana que estaban presentes o que formaron parte
de su generación.
Jamás sentí como esta noche el orgullo de ser
joven, de estar comprometido con una causa que uno considera justa y
luchar por ella. Aún con todas las contradicciones que uno cargue encima
y que no son fáciles ni de desnaturalizar ni de deconstruir. Errores
lamentablemente cometemos miles. No es una justificación. Es mucho más
dificil el camino del que cuestiona el orden establecido del que lo
abraza.
Es tan clara la línea que separa a los que estamos del lado
de la vida y los que no, que creo que todos fuimos esta noche porque
sentíamos el contexto de opresión que estamos viviendo. La desaparición
forzada de Santiago Maldonado por Gendarmería Nacional lamentablemente
nos lleva a revivir los viejos fantasmas de la Represión. La aplicación
de la reforma educativa a los colegios secundarios en CABA por el
gobierno de Larreta y la respuesta inmediata de los jóvenes movilizados
activamente en sus centros de estudiantes revive en cambio la fuerza de
la generación del 70.
Fuera del momento de catarsis vivido, algo que amé durante toda la película es la profunda sororidad entre Ana e Isa.
Para los que fuimos al Colegio, claramente tiene un gusto distinto
porque revivimos los pasillos, las lecturas, las risas, las llegadas
tarde, las tomas, los debates apasionados, miles de momentos...
No podía no agregar una entrada sobre esta pelicula en nuestro blog, dado que nuestra actividad militante comienza por haber formado parte del centro de estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires y la reflexión inevitable de qué nos hubiera pasado en los 70s y qué es lo que permite que hoy en cambio sí podamos militar en el barrio, no con fusiles, sino con arte, ciencia, literatura, palabras, colores, emociones, libros, deportes. Lo político una vez más como el acto de transformar el orden social y subvertirlo por uno más igualitario, más rico, más denso, más justo.
Aún tengo mil sensaciones dando vueltas que no sé como escribirlas, así que sólo me resta decir que vayan a verla...
Iniciada en el año 2008, a partir de la comisión de acción social del Colegio Nacional de Buenos Aires, la actividad se desarrolla en un barrio ubicado en las periferias de Glew. Los vecinos levantaron un espacio dedicado a las actividades comunitarias, hoy específicamente funcionando como merendero, donde sábado a sábado organizamos juegos con los chicos.
viernes, 20 de octubre de 2017
viernes, 1 de septiembre de 2017
De trazos y borrones
¿Qué es político y qué no lo es? Límites complejos. Y la pregunta que tapa la otra: si me pregunto si está bien charlar sobre la desaparición de Santiago Maldonado en las escuelas con los pibes entonces me dejo de preguntar lo urgente -dónde está Santiago. Sin embargo, más allá de que ahora lo que importa es su aparición con vida (lo primordial, lo que nos quema en las manos y en las consciencias), hay que dar el debate que Los Pibes del Ombú nos damos hace mucho. El debate por comprender ya no la política sino lo político. La desaparición forzada de una persona lo es, y en este caso lamentablemente se vuelve accionar estatal. Construir y pensar la historia en el colegio (el pasado no tan pasado y el presente) también es político. Pero, y quizá aquí esté la revelación para muchos, decidir no abordarlo también es político. Los temas que una sociedad escoge ocultar son parte de un olvido colectivo, social y a veces oficial (a veces no únicamente). Y no existe solamente la dimensión personal o subjetiva al recordar u olvidar algunos eventos: la sociedad entera se ve involucrada. Los discursos domésticos se nutren de todo lo que ocurre afuera de casa, se nutren de lo que se ve en las pantallas o se escucha en la radio o se postea en las redes sociales o se lee en el diario. No hay, tampoco, nada inocente. La palabra elegida es "adoctrinamiento". O una que es aún más odiosa: politizar. La desaparición de una persona (¡por razones políticas!) ES política. No hay manera de no politizar el evento, el relato, la información. ¿Esto es adoctrinar? Me pregunto, nos preguntamos, cuántos de los que esgrimen ese no-argumento envían a sus hijos a colegios religiosos. ¿Acaso eso no es una doctrina? Pero entonces el problema no está en "adoctrinar" sino en qué doctrina se elige. Una aprobada, la otra rechazada. Y en este caso hablamos de una muy evidente (innegable la de las escuelas católicas). Pero hay otras enseñanzas escolares que son eminentemente políticas y sin embargo se invisibiliza esa dimensión. Cuando se decidió cambiar la idea de "descubrir América" por la de "conquista" fue por motivos políticos y de construcción de memoria social. La escuela en sí misma es un dispositivo de disciplina social además de ser un espacio de aprendizaje y por lo tanto los valores y modelos que en ella se enarbolen serán decisiones de las sociedades y los gobiernos que habiten y construyan esas escuelas. No hay nada de natural ni de apolítico en una institución que ayuda a moldear la idea de "ciudadanía" o de "nación". Porque la nación es en sí misma una comunidad que se ha construido, se ha forzado, se ha internalizado hasta parecer natural. Pero no lo es, porque no hay nada que diga que la Argentina tiene que tener los límites que tiene y que entonces Asunción es una ciudad de Paraguay y no de Formosa.No hay nada en los accidentes geográficos que demande esa división (aunque se tengan en cuenta para establecer un límite). Construimos la nación políticamente: con símbolos, con tradiciones, con estandartes y banderas, con pasiones y también con guerras y despojos. Hay que renovar ese contrato de pertenecer a esta identidad colectiva, hoy quizá más "latinoamericanizada" que antes, porque a veces cuesta ver qué hay de "común". Yo, siendo de Buenos Aires, he sentido más cercanía con personas de mi edad de países europeos que con personas de mi edad de alguna provincia del NOA. Porque cuando viajé a ciudades que me hacían pensar en Buenos Aires (más allá del lenguaje y el continente) me sentí más interpelada que al viajar a un pueblo en Antofagasta de las Sierras. Ahí uno se da cuenta de que no hay nada de natural ni dado en "ser argentino". Los rituales son los que renuevan esos lazos. Y todo este proceso se construye en la escuela y sus discursos. Entonces, qué es realmente no político dentro de la escuela. La respuesta es simple: NADA. La negación a hacer evidentes los discursos que circulan en los espacios es simplemente la herencia de una dictadura feroz, de un disciplinamiento de derecha y mortal que aún nos aqueja. La memoria, que para muchos era intocable después de un gobierno kirchnerista que la enarboló como bandera de estado, es un ejercicio constante. Este gobierno, el actual, el que niega pruebas contundentes y desprecia a Santiago que sigue sin aparecer, tiene un historial de construcción de olvido. Cuando habla de los derechos humanos como si fueran "curros" o recupera palabras y técnicas propias de la última dictadura (como tratar al pueblo mapuche de "terrorista") está interviniendo activamente en la memoria colectiva. Pero hoy la sociedad salió a reafirmar lo construido durante tantos años. Una canción española dice que la vida son dos trazos y un borrón. A este "borrón" al que Cambiemos quiere someternos salimos a enfrentarlo con trazos. Trazos concretos que hoy se materializan en carteles y estampas con la mirada profunda de Santiago Maldonado, desaparecido y negado, militante vilipendiado (como es costumbre de este gobierno que pregona "el voluntarismo"), hoy sinónimo de épocas siniestras de la historia argentina. A este borrón manchado de sangre y complicidades atroces que cambian futuro por pasado el pueblo en alza le está oponiendo sus trazos de resistencia, en las huellas de las fotos de los que aún no aparecen; en las huellas de aquéllos que fueron damnificados por las medidas retrógadas del presidente actual; en las huellas y las pisadas de los que defienden el laburo, la producción nacional, el derecho a la casa propia y a la educación gratuita y popular. Los trazos que hoy están en la Plaza preguntándose ya no si está bien o mal hablar de Santiago sino DÓNDE ESTÁ SANTIAGO MALDONADO son la política en movimiento. Son lo político en expresión plena. Son la visibilización de lo que los medios monopólicos quieren ocultar. En definitiva, a ese "borrón" que es el olvido promovido por funcionarios cuyos apellidos están manchados de sangre desde hace siglos, los trazos lo confrontan apuntalando la memoria para que prime la justicia. Y eso es y será siempre político.
sábado, 26 de agosto de 2017
Tropel de viejas novedades
Terroristas, usurpadores, k, kurdos, guerrilleros, usureros, punteros, violentos. Jorge Lanata se dedicó a bastardear al pueblo mapuche en su columna de hoy en el diario Clarín (https://www.clarin.com/opinion/grupo-militantes-sensibles-toda-cuota-violencia_0_BkUu1ER_Z.html). El periodista se otorga a sí mismo el poder de decidir quién es quién: si un pueblo es o no indígena (aunque él usa despectivamente el término "indio"). Si la empatía de la clase media con el caso de Santiago Maldonado (aún desparecido) es o no real o es simplemente un lavadero de culpas. Si los militantes son realmente personas comprometidas (¡militantes de pelo enrulado!) o simplemente personas sensibles (por supuesto, Jorge, que los militantes somos sensibles: tenemos sensibilidad social).
Jorge Lanata se yergue ante todos nosotros y compara al pueblo mapuche (oriundo de Mapucheland) con ISIS y las FARC. Y a su vez iguala a ambos movimientos. Jorge Lanata se transforma en un secador de ropa que mezcla todas las prendas para sacar algo, ese líquido sucio que deja el pequeño Kohinoor al terminar el secado. Ese "algo" que obtiene Jorge y vomita en esa nota es su odio. Un odio que destila por su cuerpo y sus palabras. La nota de Jorge Lanata es un hilado de mentiras bárbaras. Mezcla tópicos que cualquier cientista social sabe que no han de equipararse así, a la ligera. Brinda "datos" (Jorge, los datos se construyen) que manipula más allá de todo límite ético y piensa que con eso puede justificar (o distraernos al menos de) la desaparición de Santiago Maldonado. Nos advierte Jorge: los mapuche son peligrosos, no son esos salvajes nobles que le atribuyen a la invención de Rousseau. Volvemos a los indios macabros de las postreras crónicas de aquellos europeos que saquearon lo que ahora es América. Siempre hubo tradiciones que demonizaron a los pueblos originarios de este continente (así como hubo otras que los romantizaron). Jorge vuelve con una batería de viejos (no) argumentos del odio. Como ser, que los mapuche ni siquiera son argentinos, porque son chilenos. O porque ni siquiera se sabe de dónde vienen, pero comparten esa cordillera de la "droga". Son violentos usurpadores separatistas. Jorge toma todos los mitos y los mezcla en un licuado sin contenido real. Es un licuado de humo. Y en esa humareda hay un nombre (porque sin nombre no se puede ser eficaz a la hora de crear un enemigo interno): Jones Huala, el ideólogo. Jorge pone todas las tácticas en esta nota, las usa juntas a todas las que pueden existir para ya no discriminar: directamente torna a los mapuche en una especie de banda delicuente ponebombas. ¡Destruyen La Trochita! Son prácticamente montoneros, en esa versión que usa la derecha rancia para "describir" a Montoneros.
Un episodio: cuando secuestraron a las monjas francesas los militares en los 70, les colocaron detrás una bandera con los símbolos de Montoneros e hicieron circular esas fotos para que la población creyera que había sido esa organización y no el Estado quien había secuestrado a las religiosas. Jorge hace eso: utiliza cuanto símbolo puede para desprestigiar una lucha y tapar la verdad -que el Estado desapareció en democracia a Santiago Maldonado. Pero, querido Jorge, ¿sabés en tu infinita ignorancia qué omitís? El detalle de los que resisten y miran y saben mirar. Cuando los militares hicieron ese montaje con la bandera, acudieron a un detenido secuestrado de la organizacón para hacer el dibujo. A un militante con rulos, al decir tuyo, Jorge. Y ese militante, a quien creían roto, fue más inteligente que toda la maquinaria de odio y muerte que lo había chupado. Dibujó el símbolo de Montoneros distorsionado. Entonces cuando las fotos fueron publicadas y hechas circular, los compañeros, los luchadores, supieron. Supieron. Los militares habían sido los secuestradores. La resistencia se hizo carne y símbolo en la imagen: el símbolo mal hecho fue el punctum del que habla Roland Barthes. Fue ese gesto de sublevación casi sutil (porque para muchos fue obvio), el gesto sublevado. Y sublevador. Cuando Patricia Bullrich, a pesar de ella misma, se equivoca en su declaración y conjuga ese verbo que la delata ("los que quieren encontrar a Santiago y los que no queremos"), vuelve a pintar mal el símbolo (aunque aquí fue inconsciente). La verdad irrumpe en el gesto mínimo, casi imperceptible y a su vez vital y total. Una derecha sin duda desprolija, que no observa, ni escucha, a pesar del marketing del timbreo que acerca a los políticos hacia la gente común.
Jorge querido, nosotros también somos lectores de sutilezas. Pero en tu nota ni siquiera existe una cosa tal. Porque es burda. Como vos mismo en este momento, como tu programa. Tu prestigio, que es posible que para algunos aún te recubra, se desmorona en esa nota vulgar. Tu nota es una mentira total y los que sabemos cómo fueron los procesos de recuperación identitaria de los pueblos originarios de nuestro territorio reconocemos la mentira y la denunciamos. Ser mapuche hoy no es ser mapuche hace 300 años. Pero tu visión estática de la identidad y la vida social te impide ver paradójicamente. Y aquí soy bondadosa, porque en el fondo creo que son los billetes y tu odio (ese que se alimenta solo, sin dinero siquiera) los que no te permiten ver otra cosa más allá del grueso marco de tus anteojos. Hoy no alcanza esa nota para cegarnos a nosotros que nos preguntamos ávidamente, con sed de justicia cotidiana y definitiva, dónde está Santiago. Ya no te pido nada, Jorge. Pero tampoco te otorgo nada. Desde hoy, ante esa nota que publicaste en Clarín, te has convertido (quizá para siempre) en una rata miserable (porque sólo los hombres miserables son culpables de semejante miseria, como reza la canción). El enemigo no es el pueblo mapuche, el enemigo es este odio que destilás y publicás en el diario que está manchado de sangre desde los 70. El enemigo es ese odio, ese odiar tuyo, que como escribió Pablo Ramos es tomar veneno y sentarse a esperar que el otro se muera. Pues, vaya, no funciona. Porque los pueblos nunca mueren, Jorge. Los pueblos tenemos pulsión de vida. Y basta sólo ese resto de luz, que a veces parece tenue, para destruir tanta oscuridad.
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